jueves, 4 de diciembre de 2008
Rimbaud... la mala sangre(!)
jueves, 18 de septiembre de 2008
I ´m Jack´s colon...
sábado, 23 de agosto de 2008
jueves, 21 de agosto de 2008
...a mi máquina expendedora

Dejó de funcionar. Se estropeó.
Pronto se quedó vacía. Su fondo oscuro, negro y cada vez más sucio, me daba miedo.
No lo entendía.
¿Por qué cambió tanto?
Antes brillaba, estaba llena de colores, sabores, sorpresas...
¿y luego? luego solo quedó eso.
Una máquina de hacer daño.
De crear mentiras; expendedora de serpientes, sapos y culebras.
Aunque a su vez en el fondo algo perdida, frágil... pero cada vez más fría.
Muy muy fría.
Rompieron su cristal los mismos que antaño buscaban algo dentro.
Y un cristal roto no muestra todo.
A veces no hay reflejo solo hueco y otras veces lo que refleja está incompleto.
Al final solo quedan las mentiras.
Triunfantes y valientes calumnias por la espalda o miedosos besitos en las mejillas.
En fin.
Dejó de funcionar... aunque espero que recupere su brillo. Que reluzca.
Pero lo espero desde lejos. Sin rencor y a cierta distancia.
Sin su sombra bajo el cielo azul.
Y preguntándome si sólo dejó de funcionar porque dejé de meterle monedas.
miércoles, 20 de agosto de 2008
...Vostell vs LABoral!!!
fluxus y happenings de artistas de los años 50 y 70
+info: www.museovostell.org

W. Vostell. Fluxus buick piano. 1998
La mayoría de estos fluxus incluyen como elementos artísticos objetos fetichistas de nuestra época (el coche, la TV, el hormigón...) transformados y confrontados para darnos aviso de las sombras y conflictos que encierra la sociedad en la que vivimos.

W.Vostell. ¿Por qué el proceso entre Pilatos y Jesús duró sólo dos minutos? . 1996
Esta escultura está instalada de forma permanente en el jardín del Museo. Mide 16m de h y está conformada por el fuselaje de un avión ruso Mig-21, dos automóviles, monitores de ordenador y tres pianos.
diálogo entre el Arte, las nuevas tecnologías y la creación industrial
http://www.laboralcentrodearte.org/
viernes, 25 de julio de 2008
El Circo Mundial de las Calaveras
La verdad es tu mentira
Líneas, garabatos, manchas… Algunos seguiremos dibujando, y viendo lo que nadie ve, al ver sólo lo que queremos ver. (Léelo otra vez, no es tan complicado). Viendo lo que nadie ve porque hoy sólo vemos lo que queremos ser. La más cruel de las mentiras se convierte en la única verdad. En grande, en mayúsculas… ¡y con luces de neón! Hoy no somos, hoy fuimos. Y a veces me planteo hasta eso; me planteo el verbo, el utilizar un plural… y todo ello con la cara de imbécil que se le queda a uno cuando abre los ojos tras despertar de un mal sueño.
La orquesta
Observo, analizo y capto todo. Y como no, fotografié los momentos que mañana me dirán lo que fuimos y lo que sentimos. Toda una historia, todo un universo de idas y venidas dirigido por un cerebro. El suyo. El mismo que en aquella orquesta llevó batuta y se disfrazó de líder y gran maestro. Marcaba ritmos, escribía melodías y hasta decidía quién haría el solo cada día. Pero en una orquesta funcionan todos a la vez, todos reman hacia el mismo destino; los instrumentos de viento, los de cuerda… todos van a la par. Y lo nuestro no fue un dúo, fue una lucha de titanes sin tregua, el premio era ser titular y el perdedor pagaba con su suplencia. Pocas veces lo conseguimos, pocas veces aguantamos el ritmo... Pero cuando luchamos codo a codo fuimos invencibles; fuimos el Ave fénix del cielo, Poseidón en el mar y hasta Reyes de nuestra propia tierra. Es lo que dicen por ahí, es lo que algunos murmuran: la unión hace la fuerza. Y eso es indiscutible, aunque suene a frase hecha.
La fiera
Ahora entiendo muy bien por qué aquello, más que orquesta, siempre pareció un Circo. Y es que se me adjudicó el papel de domador de fieras. ¡Pobre valiente metiendo la cabeza entre fauces, aún a sabiendas del riesgo que dicha acción conlleva! Porque uno puede estar loco, pero no ciego y estaba al tanto de lo que le había pasado a otras osadas cabezas. Por desgracia mi locura fue idolatrar a ese cerebro, a ese hacedor de calumnias convertido en enjaulada bestia. La misma fiera que en el peor de sus días se mostraba débil y en ocasiones me lamía y jugaba de forma sincera. La fiera que refugiaba su hocico en mi cuello, escondía las garras y calmaba sus penas. Y mis barreras se esfumaban ante tal expresión de generosa desnudez. Las paredes de mi mundo creadas por conjuros auto protectores morían y los violines sonaban para mostrarle el camino hacia un mundo de Arte donde no habrían cadenas. Le dejaban entrar en mi yo más íntimo, sin máscaras le mostré mi esencia entregándome a sus fauces para que hiciera conmigo lo que quisiera.
Quise salvarle, sacarle del circo, romper de su jaula los barrotes para que corriera libre y brillara en su selva. Porque le quería… sí. Pero le quería libre. Tal vez por mi buena intención pensé que no podría devorarme, porque siempre deseé su bien, aunque siempre existió un diálogo interno:
¿Cómo va a hacerlo?
Sí, sí… lo he visto con mis propios ojos. ¡Lo ha hecho con todos!
Pero ahora no es igual... ¡soy yo!
Lo sabes, cuando no te necesite devorará tu cabeza.
El payaso
Y allí, bajo la carpa del Circo Mundial de las Calaveras, me declaré payaso. Ni domador, ni hombre bala, ni mujer barbuda, ni mutante de dos cabezas… Un abatido payaso. Porque mientras se reía de mí a mis espaldas, yo con mi piel de hazmerreír y mi corazón desgastado, bombeaba canciones de amor eterno. La más desconsolada melodía del desamor. No sirvió de nada maquillarme en exceso; ni empolvarme de blanca palidez ocultándome en la noche, ni pintarme de rojo sangre una sonrisa radiante en el gesto. Ni tan siquiera llevar en la solapa flores de broma, calzado de goma o anillos que arrojaran agua.
La instantánea.
Todo y nada congelado en un instante. Eso pienso cuando tropiezo con esa foto. ¡Qué tonto fuiste! Creyéndote domador y no siendo más que un payaso. Un bufón para el rey, un sirviente fiel al que señalan y dicen ahora quiero esto, y mueve el culo sin pensarlo. Me ofrecía su mano y cuando estaba a punto de alzarme me soltaba y caía. Creo que le divertía dominar la situación. A veces me decía: la culpa es tuya por pisar el plátano y era tan tonto que hasta le creía. El público se regocijaba y reía… ¡mira qué tonto el payaso! Y mientras me hundía en la arena, mi protagonista ya cuchicheaba a las espaldas con el lanzador de puñales. La estrella invitada. ¡El gran lanzador de puñales! El hombre, el mito, la leyenda. El que nunca falla… y si falla ya está el payaso para limpiar la sangre… pero eso no se lo diremos a nadie. No haré leña del árbol caído, nunca me han gustado esas guerras. Al fin y al cabo tampoco pedí amor perpetuo y puedo entender el papel del mito en este cuento, aunque sinceramente, sí que esperaba una cosa: respeto. Por el cariño, por el afecto, por el apego… ¡vete tú a saber! Y al final, no obtuve ni eso. En la peor época de mi vida, con los tobillos pulverizados por soportar mi peso y el ajeno, me encontré solo y recibí la puñalada y el bocado perfecto. Dos heridas infectadas: la soledad ante una muerte y la cruda mentira mundana. Mis ojos tristes no mienten: será difícil confiar de nuevo en alguien y sobreponerse ante tal panorama.
La grandeza de las pequeñas cosas
Tampoco es una buena foto, me digo. El grano, el contraste, el dichoso contraluz… Pero es “la foto” y fue aquel momento. Nos acariciará en el futuro el recuerdo de aquello que vivimos, de aquello que fuimos en el momento justo de un “clic”, cuando parecía que se paraba todo lo conocido para dar paso a un ridículo gesto que sería inmortalizado: un beso. Uno, de los cientos sinceros que por mi parte hubo. El más mínimo y a la vez el más inmenso de los instantes. Susurro: La grandeza de las pequeñas cosas.
Ahora lleno de aire mis pulmones, cierro los ojos mirando al sol que calienta mi rostro, escucho mi respiración y juego con mis pies descalzos encima de esta verde y húmeda hierba. Cuando pienso en esas cosas siempre me invade un paz interna que me hace sentir lo maravillosa que es esta vida. Ahí está, ahí se exhibe mi síndrome de Stendhal.
Mi conciencia tranquila me hace ver que será bonito acordarnos de los besos, de vecinas delirantes, de flores cortadas por mis manos, del olor de la ropa recién tendida, del calor de aquel verano, de microclimas, de lo que nos gustaba aquella canción, del viento fresco entrando por la ventanilla de un coche, de las palabras bordadas por su voz, de mis labios silbando sin duda te quiero, de su sombra arrojada contra la acera, del movimiento de su pelo al compás de la brisa, de ambulancias que aúllan su nombre, de la amistad entre un gato y una paloma de un modo surrealista, de las sonrisas que le gané y de ridículas canciones y no menos ridículos bailes inventados. De lo que tuvimos, de lo que perdimos, de lo que nos queda y de lo que no regresa… Pero hay que aprender a soltar si lo que quieres es seguir andando. Apenas importa creer o no que algo de aquello llegó a ser cierto. Hoy la realidad es que no distingo verdad de farsa en mis recuerdos. ¿Cuándo empieza una y cuándo termina la otra? ¿Cuál es el límite que las separa? Si te mienten una vez, pueden hacerlo una, y otra… y otra… ¡mil versiones! Y pocas de ellas cotejadas ¿Cuándo sabes dónde termina la mentira y dónde empieza la verdad? La pregunta del millón. Grabaré esto en mi cerebro, en la sección preguntas sin respuesta… Entre otras sinrazones y sinsentidos, justo al lado de la absurda frase ¿por qué era veneno si olía a canela?
lunes, 19 de mayo de 2008
lunes, 31 de marzo de 2008
Mentirosa

miércoles, 12 de marzo de 2008
mundo F.R.E.A.K
lunes, 4 de febrero de 2008
domingo, 16 de diciembre de 2007
videoarte
RESARCIMIENTO ORIGINARIO
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MI PAREJA
martes, 27 de noviembre de 2007
Érase una vez...
Verdad número uno: mucha gente no sabe estar sola.
Otros, sin embargo, buscamos la soledad como los gatos buscan el sol en invierno.
Nos llaman raros, autistas, pero supongo que en esa soledad elegida es cuando masticamos, tragamos y vomitamos las cosas que nos hacen daño. Ya sabes, rollo “El Exorcista” aunque en esta ocasión no interviene el padre Karras, pero sí la peor Linda Blair (con babas verdes incluidas) arañándote la espalda una y otra vez. Y bueno, después de unas semanitas en la cama sin hacer más que hablar en latín y sin que nadie nos entienda, sacamos lo malo fuera y de lastre dejamos las cosas buenas, nada más.
Las cosas buenas. La mejor de las bases para sustentar el peso y los palos de las vidas venideras está compuesta de cosas buenas.
Yo no entiendo la soledad como algo negativo y aunque valoro la grata compañía, a la fuerza me he vuelto algo independiente. En mi soledad escribí canciones, pinté mis mejores cuadros, encontré pensamientos perdidos, dibujé líneas que aún hoy marcan mi vida, destrocé iconos que tenía idolatrados, respondí mil preguntas hechas al aire que nadie respondía, desvestí a superhéroes que eran perdedores disfrazados de vencedores ¡y también a mentirosos que se vestían de vendedores de humildad! En mi soledad nado a mis anchas, entro y salgo de ella cuando me da la gana, y me recibe siempre con los brazos abiertos para darme paz.
Pero como todo en esta vida, la soledad tiene un lado oscuro: allí encontré a gente extraña cuando menos lo esperaba. Gente que entró fácilmente en mi vida yéndose aún con más facilidad.
Ahora que me voy alejando echo la vista atrás y les veo sumergidos en esa soledad estancada, de agua sucia y putrefacta. Incapaces. Autodestructivos por naturaleza. Están perdidos; sin rumbo, sin camino, sin saber a dónde ir. Sintiéndose pobres cuando lo tienen todo para ser lo que quieran ser. Se guían por instinto, pero bien es cierto que ese instinto nunca les llevó a buen puerto… Gente que se revuelca en su tristeza porque, como bien diría un amigo mío, la vida les engañó y los rusos les persiguen. Y el tiempo pasa y queda tanto por andar que se desesperan porque se saben almas errantes. Pero hasta en los lugares más raros siempre puedes encontrar una mano amiga… y allí, Caronte les espera en su barca. No tienen ni idea de si bajo su lengua alguien puso una moneda. ¡Un miserable óbolo, no hace falta más! Y ni lo comprueban. Gente que habla bla bla bla y nunca jamás se pone a actuar. Al fin y al cabo, gente que se miente pensando que no está allí por elección propia.
A diferencia con una servidora ellos no están allí de vacaciones mentales, ellos casi pertenecen a ese lugar tanto como ese lugar les pertenece a ellos. Viven como zombis postmodernos en una vida de inercia constante y del todo vale. En ese mundo tienen su cueva donde se rodean de turistas, salen por salir, bailan al son del carpe diem, beben carcajadas que se les atragantan, viajan para huir, besan a veces sin sentir nada y según parece, ¡hasta aman a otra gente que no les hace feliz! Pero aún así, allí seguirán: unidos los dos bajo un cielo que siempre amenaza tormenta. En ese mundo gris, en ese mundo de sombras, son el binomio perfecto: dos caras distintas, sí, pero de una misma moneda. Tal vez sean tal para cual. ¿O tal vez no?
Se sienten protegidos dentro de esas paredes heladas por el mero hecho de que conocen bien cómo funcionan y dónde están situadas las grietas. ¡Lo desconocido puede hasta aterrarles! Lo que no saben es que ese miedo les está privando de la total libertad para sentirse bien. El miedo paraliza. Sin embargo, el que ya ha vivido fuera de la cueva, en el mundo de la luz, el color y la textura, ya no sabe conformarse con un mundo de grises al carboncillo. Un mundo que un día, dos días, tres días… hay que fijar con spray porque si no vas con cuidado al más mínimo roce desaparece lo que creías haber dibujado. Todo sacrificio es inútil. ¡Un estornudo puede tirarlo todo por tierra! Pero les cuesta menos ese tipo de sacrificio, ese soportar lo malo conocido que salir de la cueva. Porque fuera de la cueva deben trabajar duro, deben mezclar pigmentos, aglutinantes, plombagina, etc. y enfrentarse a un lienzo en blanco al que deben dar forma con sus pinceladas. Con sus elecciones. Aún así, el lienzo es más agradecido que las paredes de la cueva, pues a pesar de los manguerazos la pintura no desaparece por completo del lienzo: éste conserva las pinceladas que uno decide que queden registradas. Curioso ¿no? Pues ellos no se enteran (o no quieren enterarse).
¡Extraños personajes los míos! En la multitud sienten la mayor soledad jamás antes experimentada. Intentan encajar pero nada les llena, nada les convence y jamás de los jamases el 100% les será suficiente. La vida es una feria y todos los días toca perder el peluche en los dardos. Gente sin brillo, de sonrisa apagada, de mirada triste, de esperanza perdida; que anhela la infancia, la felicidad de otras vidas pasadas, de otras inventadas o de otras que llegarán. Y ahí están, esperando de otros errantes semejantes, detalles que no van a recibir. ¿Cómo te puede ofrecer la vibración y la fuerza de un rojo una escala de grises? Y siguen matando el tiempo allí, argumentando sus actos y malos hábitos con carencias ajenas que tal vez nunca llegaron a ser tal. Sabiendo que el problema real reside en ellos, pero sin poner el esfuerzo para conocerse, aceptarse, quererse a sí mismos y brillar. Los perdedores que se compadecen de sí mismos, acostumbrados a la derrota, ya no saben reconocer sus victorias ni aunque éstas duerman a su lado. Gente de perpetua condena en una cama vacía, con mirada perdida en el techo durante las noches más frías del más gélido invierno. Gente que demanda un cálido abrazo, el susurro de un “te quiero”, algo en lo que creer, algo por lo que luchar…
Y mientras me alejo, me guste o no, me doy cuenta de que toda esa gente me importa… y me doy cuenta que me partí el alma luchando por ellos, ¡pero nunca se dejaron ayudar! Les miraba, les estudiaba, les analizaba… ¡y siempre cometían los mismos errores! Arrojaban piedras y luego regalaban tiritas. Gritaban y luego querían comunicarse. Imponían y luego querían escuchar. Insultaban y luego querían abrazar. Mentían y luego querían ser creídos… ¡Paciencia infinita la mía! Yo me ahogaba a su lado y ellos solo sabían describirme lo que era el agua. Ninguno habló de nadar. Y me quedé mucho más tiempo del que quise deseando que cambiaran de actitud. No por mí, sino por su propio bien, pero nunca llegó a suceder. Era como ver una y otra vez la misma película y esperar siempre a que el protagonista no muriera al final. Un tiempo marchito. La impotencia en estado puro. Es lo que hay, no hay más.
Y cada vez los veo más lejos… atrás se quedan, pequeños. Doy un paso, doy dos más. Son el orgullo herido. El egocentrismo puro y duro. Las víctimas profesionales de su propio juego. Y sigo hacia adelante con la barbilla bien alta, sabiendo que hice lo que pude y sabiendo que lo único que pedí era que me sumaran… y sumar.
Triste como el mejor blues, pero con firmeza, me sorprende a mí misma mi mano diciendo adiós: el exorcismo ha finalizado. Me encanta Linda Blair ¡pero no tanto sus arañazos! Porque no quiero vivir así, porque sé muy bien lo que quiero… y el inframundo gris no es sano y no está hecho para mí.
Y es que una cosa es querer perderse, evitar que a una le encuentren para reencontrarse con lo que es o con su esencia, y otra cosa es estar realmente perdido. Parece lo mismo, pero no tiene nada que ver.
Así que, al final mi diosa madre tenía razón: rodéate de gente que te sume y deja de intentar salvar al mundo…ahorra fuerzas, porque el día que tengas que salvarte el mundo no luchará por ti.
Sabias palabras Mó, Conocerte, disfrutarte, tu amor, tu bondad y tu verdad son mis pilares… ¡la mejor de las herencias!
Me voy, me voy…me fui.







